
Aranjuez es una ciudad que ha atravesado los siglos en armonía, se posiciona en el presente con dinamismo y placidez a partes iguales y se prepara para el futuro a través de la reflexión. Aranjuez ha sido, es y será, una conversación fluida entre el ser humano y su medio.
En 2001 la UNESCO inscribía a Aranjuez como Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad. En la descripción que acompaña a este reconocimiento, se afirma: “… es una entidad de relaciones complejas: entre la naturaleza y la actividad humana, entre sinuosos cauces fluviales y un diseño paisajístico geométrico, entre lo rural y lo urbano, entre el paisaje boscoso y la delicadamente modulada arquitectura de sus construcciones palaciegas…”
El área reconocida por la UNESCO cubre buena parte del Aranjuez actual, ya que incluye la zona del Palacio Real, los jardines históricos, los paseos arbolados, las huertas y sotos situados en la margen derecha del río Tajo y el casco antiguo. Coincide con la que ya fuera nombrada Conjunto Histórico-Artístico en 1983.
Para comprender estas distinciones, es preciso conocer la combinación de unas condiciones geográficas muy especiales con la intervención de la monarquía, que desarrolló, mimó, conservó y mejoró Aranjuez durante siglos.
La ciudad se encuentra en la confluencia entre dos ríos de cauces variables, el Tajo y uno de sus principales afluentes, el Jarama. El valle donde se asienta, era pantanoso y sufría frecuentes inundaciones, una suerte de oasis caprichoso en medio del árido paisaje manchego. Desde la Edad Media, el ser humano ha procurado domesticar la naturaleza para aprovechar las bondades de una tierra tan fértil.
El encauzamiento de las aguas daría como resultado una agricultura floreciente y una naturaleza domesticada. Por su parte, la monarquía comienza en el siglo XVI su empeño por ordenar el territorio mediante trazados geométricos, que abren caminos y paseos entre bosques, jardines y cultivos.
Un proceso sorprendentemente bien reconocido y ampliado por sucesivas generaciones y dinastías a lo largo de más de cuatro siglos. El resultado es una ciudad perfectamente integrada en el territorio que ocupa, una ciudad humanista en la que la sistemática intervención del hombre sobre la naturaleza no ha supuesto su destrucción, sino su conservación y enriquecimiento, añadiendo a su diversidad y abundancia originales los más sutiles productos del ingenio y la imaginación artística.
